Hoy podemos ver el pasado enfrentamiento verbal de Zelenski con Trump y Vance la Casa Blanca como el detonante de la abierta ruptura entre Washington y las potencias europeas causada por sus notables diferencias con respecto a la guerra de Ucrania. Que son de tal magnitud e importancia, a juzgar por las declaraciones de uno y de otro bando que ya son muchos los titulares que advierten de que nos hallamos ante una auténtica la división de Occidente, a un enfrentamiento tan grave entre los lideres políticos del mismo que hasta pocos meses habría sido impensable. Es tan cargado de declaraciones y gestos políticos desafiantes y de tanta alharaca mediática, que no parece admitir comparación con los enfrentamientos que se dieron entre Washington y el eje Londres -Paris por la ocupación en 1956 del Canal de Suez por este último. Como tampoco con el generado por la negativa del eje franco alemán a apoyar la invasión de Irak por Washington, a comienzos de este siglo.
Pero tanto ruido y aspaviento oculta el hecho de que, a diferencia de lo que ocurrió en dichas oportunidades, ambos bandos padecen de un estado relativa debilidad para sacar adelante sus respectivas estrategias políticas y militares. La estrategia de Trump es, sin embargo, la más realista porque parte de reconocer que la situación del frente en la guerra de Ucrania aconseja proponerle a Rusia una tregua. Y, eventualmente, un armisticio. El, o sus asesores militares, saben gracias a Karl Von Clausewitz, que la guerra está sometida a leyes y que esas leyes son las que determinan que, si la guerra tiende inevitablemente a ascender a los extremos, también determinan que un momento dado la situación en el campo de batalla puede forzar a los contendientes a aceptar una tregua, con independencia de su ánimo belicoso. A darla por inevitable.
El caso más sonado: el de la Guerra de Corea. El desgaste de las fuerzas de ambos bandos, obligó a ambos a aceptar la tregua que ha terminado por perpetuarse. Cierto, el empate en la línea del frente podría haberse resuelto a favor de los Estados Unidos con un bombardeo nuclear devastador de China, el aliado estratégico del ejército popular de liberación coreano, tal y como propuso el general Douglas MacArthur. Como es bien sabido, Harry S. Truman - el mismo presidente que ordenó el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, el mismo que rompió la alianza de facto con la Unión Soviética y la reemplazó por la Guerra fría – rechazó la propuesta del legendario general. La Unión Soviética había realizado con éxito su primer ensayo nuclear en 1949 y por lo mismo estaba en capacidad de responder al ataque nuclear norteamericano a China utilizando sus propias bombas atómicas. Truman no quiso correr ese riesgo. Quizá Estados Unidos habría salido vencedor, pero al precio de un país semi destruido y de decenas de millones de muertos civiles.
Trump es hoy muy consciente de que un salto en la escalada de la guerra en Ucrania, destinada a evitar el hundimiento del frente ucraniano, sitúa a los Estados Unidos al borde de la guerra nuclear con Rusia. Como quizá recuerden, se lo reprochó en la cara a Zelenski en el altercado en la Casa Blanca, mencionado antes: “Tú lo que quieres es la Tercera Guerra Mundial”. O sea, una guerra que, debido a la cantidad de las armas nucleares de ambas superpotencias, no solo las destruiría a ambas, sino que pondría en peligro la existencia de la vida en el planeta.
Se lo reprochó en la cara a Zelenski en el altercado en la Casa Blanca : “Tú lo que quieres es la Tercera Guerra Mundial”
Pero no es la única razón que explica la decisión de Trump. También cuenta en su intención de poner coto al crecimiento exponencial de la deuda pública norteamericana, cuyo servicio anual ya ha igualado al monto del presupuesto militar (¡el mayor del mundo!) por medio de una reducción significativa del gasto público y de un reordenamiento del gasto militar, en función de la que considera es la prioridad: la contención de China, el adversario estratégico de Estados Unidos, como proclaman al unísono demócratas y republicanos. En el contexto de estos propósitos, se comprende por qué Trump prefiera una tregua con Rusia antes que una nueva escalada del conflicto en Ucrania, que dispararía el gasto militar norteamericano en un frente que, desde su perspectiva, es secundario con respecto al de Asia Pacífico. En este punto sufre las presiones de la cúpula de la Armada que, alarmada por el crecimiento espectacular de la marina de guerra de China, exige un importante incremento del presupuesto que se le asigna.
En este mismo contexto de exigencia de recorte del gasto público, se comprende igualmente la exigencia de Trump de que los países europeos de la OTAN incrementen sustancialmente su aporte al funcionamiento de la misma hasta el 5% de su PIB. Cuyo fin no es otro que reducir los costos del mantenimiento de la alianza. Los analistas sitúan actualmente dichos costos en la horquilla entre el 65 y el 75% del presupuesto total de la OTAN. La reducción de estos porcentajes le ayudaría a Trump a cumplir sus objetivos fiscales.
Los desafíos y limitaciones a los que se enfrenta el presidente Trump resultan pequeños si se comparan con los enormes problemas que enfrentan ahora los oponentes a su política de pactar con Rusia una tregua en la guerra de Ucrania. Los países, reunidos apresuradamente en lo que se autodenomina la Coalición de los dispuestos, liderada por Gran Bretaña y Francia y apoyada activamente por la alemana Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión europea. Todos han declarado su intención de apoyar sin fisuras al régimen de Zelenski hasta conseguir “una paz justa y duradera” en Ucrania. Una consigna correcta, con la que tanto Putin como Trump estarán de acuerdo, pero que, leída desde la estrategia defendida a ultranza por Joe Biden desde la presidencia de Estados Unidos, implica la derrota completa de Rusia y su expulsión de todas las regiones ruso parlantes que ahora ocupa: Crimea, Donbás, Luganks, Jersón y Zaporiya. Y al límite, la balcanización la Federación Rusa, tal y como se ha dado el lujo de proponerlo días atrás la estonia Kaja Kallas - Alta representante para política exterior de la Unión Europea - declarando que como Rusia era demasiado grande era conveniente divididarla en unos cuantos países. El sueño húmedo del estratega geopolítico Zbignew Brzezinsky, asesor de seguridad del presidente Jimmy Carter y autor del libro El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, cuyas agresivas tesis han orientado las estrategias globales de Washington prácticamente desde su publicación en 1991.
El problema de la política de los “dispuestos” con respecto a la guerra de Ucrania es que es muy difícil sino imposible llevarla a cabo sin el apoyo abierto, explicito, de Washington. Tal y como lo reconoció Starmer, el primer ministro británico, en el discurso con el que abrió la reunión del grupo en Londres, al día siguiente del tormentoso encuentro de Zelenski: “hay que contar con el apoyo de Estados Unidos”. No solo Trump ha negado dicho apoyo, sino que Pete Hegseth, su secretario de defensa, ha dejado bien claro que si países europeos envían tropas a Ucrania estas no estarán protegidas por el artículo 5 del tratado constitutivo de la OTAN, que obliga a todos los países miembros a prestar asistencia militar a cualquier país de la alianza que sea atacado.
Para Macron, el presidente de Francia, este apoyo no es sin embargo necesario. Mostrándose como un resuelto partidario de la “autonomía estratégica europea” – sueño húmedo del general De Gaulle – afirma que el armamento nuclear del que actualmente dispone Francia es lo suficientemente poderoso como para obrar el efecto disuasorio sobre la política rusa, como para que pueda prescindirse del respaldo de los Estados Unidos de América. Añadió que estaba decidido a emplazar cazas bombarderos Rafaele de última generación y con capacidad de transportar armamento nuclear en una base militar francesa cercana la frontera franco alemana. Yo no estoy seguro que él mismo se creyera este cuento, pero si, que los analistas militares serios, de ambos lados de Atlántico, no se tomaron para nada en serio esta bravuconada. Con 200 cabezas nucleares francesas enfrentadas a las 6.000 que posee la Federación Rusa, un duelo militar entre ambos países se saldaría con graves daños en Rusia y con la completa destrucción de Francia.
Los delirios de grandeza de Macron han llevado, sin embargo, agua la al molino de Úrsula von der Leyen, quien, en la semana pasada, presentó al Consejo de Europa que encabeza a la Unión Europea, el proyecto de crear un fondo común de 800.000 euros destinado al rearme de Europa, Sus acólitos mediáticos insistieron en que ese rearme era el camino para que la Unión Europea alcanzara la bendita “autonomía estratégica”, que ahora los lideres políticos europeos reclaman a voz en cuello. Los aduladores más audaces o más delirantes afirman que dichos fondos permitirán la creación de un auténtico ejercito europeo. Otro sueño húmedo que choca irremediablemente con la realidad de lo que es, aquí y ahora, la Unión Europea. Adelanto un dato para empezar el desmonte de esa aspiración. En 2024, la suma de los presupuestos militares de los países de la Unión Europea sobrepasó los 400.000 millones de euros, casi cuadriplicando el presupuesto militar de la Federación Rusa en el mismo año. La explicación fundamental de que los ejércitos de esta última hayan podido poner contra las cuerdas a las fuerzas armadas de Ucrania al cabo de tres años de guerra, contando desde los primeros combates ellas con el apoyo militar de la UE es la inexistencia de unas auténticas fuerzas armadas europeas.
Y subrayo de lo de europeas. Porque lo que existe actualmente son 27 ejércitos cada uno con su doctrina y sus tradiciones militares, con su armamento, con sus cadenas de mando, sus uniformes, etcétera. Diferencias que generan serios obstáculos en los planos de la compatibilidad y la coordinación a la hora de emprender una guerra a gran escala con un adversario tan formidable como es Rusia. Problemas que no tienen ni Rusia ni desde luego los Estados Unidos de América.
Cierto, es difícil pero no imposible que se resuelvan los enormes obstáculos políticos que hoy impiden la formación de un ejercito europeo. Pero esos problemas no se van a resolver mañana ni pasado mañana, ni siquiera este año ni el siguiente. Apuesto porque estén resueltos en 2035. La fecha, que, según Macron, estará operativo la nueva versión del caza bombardero Rafale, capaz de competir en igualdad de condiciones con sus homólogos rusos y norteamericanos. Mientras llega ese momento, si es que llega, lo que se impone es la tregua.
Del mismo autor: ¿Por qué Trump quiere la paz en Ucrania?