Sin que le importen para nada la legalidad internacional ni los tratados bilaterales o multilaterales suscritos, el nuevo presidente se ha lanzado con discursos simplistas y mucha verborrea y prepotencia a plantearle a todo el mundo exigencias maximalistas, que después negocia como cualquier mercachifle de feria de pueblo. Y ha descargado una avalancha de medidas buscando resultados iniciales rápidos.
Dice una cosa hoy y otra mañana, pues lo único que le importa es crear ante el planeta el gran espectáculo del “América Primero”. Ya lo había dicho en el discurso de posesión: “Estados Unidos pronto será más grande, más fuerte y mucho más excepcional que nunca”.
En menos de un mes, ha amenazado a los gobiernos de Canadá, Dinamarca, Panamá, China, Rusia, México, Irán y hasta al de Colombia, advirtiéndoles con tonillo de capataz que si no hacen lo que él pide, les aplicará sanciones, aranceles u otras medidas.
Se ha retirado de una serie de organizaciones multilaterales como la Organización Mundial de la Salud, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y el Acuerdo de Paris sobre cambio climático. Decidió también detener toda la financiación estadounidense a la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, ha reiterado su amenaza, hecha en 2018, de retirarse de la Organización Mundial del Comercio, y está considerando su salida de la Unesco.
Suspendió durante 90 días todos los programas de cooperación con otros países y está cerrando la agencia de cooperación de Estados Unidos, Usaid, involucrada en intervenciones en decenas de países y considerada el brazo político de la CIA. A través de su asesor Elon Musk está metiendo la mano en las elecciones de Gran Bretaña y Alemania.
Todos los países que tienen superávit comercial con Estados Unidos fueron amenazados con aranceles a sus exportaciones. Y aunque la retórica electoral apuntaba a imponer duros aranceles a China, la puesta en práctica fue más moderada de lo esperado, apenas el 10 %, respondido por China con medidas equivalentes, en medio de anuncios por parte de Trump de que conversaría pronto con Xi Jinping, aunque se dice que ya han sostenido contactos. Paradójicamente, Taiwán, pieza fundamental en la política hacia la República Popular China, fue también amenazada con aranceles a los semiconductores, de los cuales es un gran proveedor. ¿El motivo? Trump quiere que la producción se haga en Estados Unidos.
En una reunión con el primer ministro japonés, el mandatario republicano aseguró que también le impondrá aranceles a ese país de no lograr superar el déficit comercial que en 2024 fue de USD 68.000 millones.
Con respecto a la OTAN, Trump ha exigido que cada uno de los miembros le aumente el aporte presupuestal hasta el 5% del PIB, lógicamente, para comprar armamento gringo.
La política exterior del nuevo gobierno estadounidense demuestra la validez de lo que Kissinger dijera alguna vez: “Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal”.
El Patio Trasero
En el caso de América Latina, Trump revocó la decisión de Biden de excluir a Cuba del listado de países que apoyan el terrorismo, pero transó con Venezuela, en forma sorpresiva, permitiéndole operar a la Chevron y continuar las importaciones a cambio de que Caracas liberara a seis presos y aceptara la repatriación de miles de venezolanos, a quienes se eliminó el estatus de protección temporal en Estados Unidos a partir de abril. La típica estrategia de garrote y zanahoria, pues el acuerdo con Venezuela se combina con las afirmaciones de Marco Rubio, el nuevo secretario de Estado, de que Venezuela, Nicaragua y Cuba son enemigos de la humanidad.
Típica estrategia de garrote y zanahoria, pues el acuerdo con Venezuela se combina con las afirmaciones de Marco Rubio, de que Venezuela, Nicaragua y Cuba son enemigos de la humanidad
En su primera gira internacional, Marco Rubio se enfocó en tratar de contrarrestar la influencia china en la región y en presionar sobre el tema de los migrantes. Logró que el gobierno panameño prometiera no renovar su participación en el programa chino de la Franja y la Ruta, revisar los contratos con empresas chinas que operan en el Canal y fortalecer los controles migratorios a través del Darién.
El presidente Arévalo, de Guatemala, y Bukele, del Salvador, se comprometieron a recibir deportados de cualquier nacionalidad. Bukele fue más allá al anticiparse a ofrecer las cárceles de el Salvador para recibir incluso presos de origen estadounidense, y Arévalo ofreció trasladar a Guatemala la base de Palmerola, ubicada en Honduras, base que la presidenta Xiomara Castro amenazó con cerrar.
Guatemala acababa de condecorar con la orden del Quetzal al proestadounidense Luis Almagro, secretario general de la OEA. Es uno de los tres países latinoamericanos que lo ha hecho, junto con Belice y Paraguay, y el enviado especial de Washington para América Latina, Mauricio Claver-Carone, adelantó que su país está “agradecido”, pues es señal de que Guatemala “entiende la amenaza china”.
El presidente Chaves, de Costa Rica, fue presionado para no adoptar las redes 5G de China y los jueces costarricences amenazados con sanciones si le daban vía libre a dicha tecnología.
En República Dominicana, Claver-Carone aplaudió las duras medidas del presidente Luis Abinader contra los refugiados haitianos y comprometió al gobierno en la búsqueda de tierras raras y a apoyar la lucha contra el tráfico de drogas.
Fue un resultado calculadamente exitoso que se mostró, junto con la dócil aceptación del gobierno de Petro a la deportación de migrantes, como un primer éxito en la política internacional hacia América Latina.
Que Estados Unidos es un país excepcional, destinado a dirigir a la humanidad, y que ha sido bendecido por Dios con características únicas que lo sitúan por encima de los demás países no es una creencia nueva en la mentalidad de los dirigentes.
La Convención de Viena sobre las normas que rigen los tratados internacionales señala en el Artículo 27, bajo el título “El derecho interno y la observancia de los tratados”: “Una parte no podrá invocar las disposiciones de su derecho interno como justificación del incumplimiento de un tratado”. Sin embargo, la creencia en el excepcionalismo estadounidense está plasmada en todas las estrategias de seguridad nacional de los últimos gobiernos con la idea de que, por el tamaño, los privilegios geográficos, el sistema republicano y los valores morales, Estados Unidos es un faro para el mundo y detenta derechos superiores que lo autorizan a invadir a cualquier país, intervenir en la política interna de los demás para imponer su sistema y sus concepciones y saquear los recursos naturales. Suele además levantar la bandera del nacionalismo para arrasar los nacionalismos de los adversarios.Trump desnuda en forma brutal la verdad del excepcionalismo y expresa en forma descarnada la arrogancia del imperio. Pero en el afán por restaurar la hegemonía estadounidense, se va a encontrar que el mundo ya no es el de antes y más temprano que tarde la humanidad descubrirá su verdadera faz, un bufón ególatra dirigiendo una sociedad fracturada y tratando de conducir a las patadas al planeta para consolidar el dominio global conquistado hace 81 años en Bretton Woods.